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Perderme para Encontrarme

Dejar mi hogar para encontrar otro. Perderme para descubrirme. En México aprendí que la misión no es solo un lugar, sino rostros, abrazos y fe viva. ¿Cómo 45 días pueden cambiarte para siempre? Descúbrelo en mi historia.

Desde muy niña, la palabra misión resonaba con fuerza dentro de mí. No era solo una idea bonita, sino un llamado que poco a poco fue tomando forma en mi vida. A medida que crecía, fui descubriendo que el camino misionero implicaba salir de mi zona de confort, dejar atrás seguridades y comodidades, y abrirme a algo mucho más grande que yo misma.

El inicio de esta aventura fue un acto de confianza. Tuve que «perderme» de lo que conocía: mi familia, mis amigos, mi hogar… para poder encontrarme en un lugar nuevo, con personas que, sin imaginarlo, se convertirían en mi nueva familia, mis nuevos amigos, mi nuevo hogar.

Antes de partir hacia México, alguien me preguntó: ¿Por qué México y no otro lugar? En ese momento, no tenía una respuesta clara. Tal vez, pensé, la encontraría al final de la experiencia. Hoy, puedo decir que México no fue solo un destino, sino un encuentro con lo esencial.

Allí aprendí a ver la vida con otros ojos, a descubrir el amor en los pequeños gestos. Fue en las conversaciones mientras cocinaba con la señora Coty, en las tardes ordenando el jardín con Abraham, misionero mexicano en formación, en la alegría de compartir un plato de comida italiana con Gemma y Laura. Fue en las salidas con los jóvenes, en el cariño de las personas de Puebla que, sin conocerme, me acogieron como si fuera una más de su familia. Fue, sobre todo, en la fe sencilla y profunda de aquellos que, con gratitud infinita, caminaban para dar gracias a la Virgen de Guadalupe.

En estos 45 días entendí que lo más valioso no está en lo que poseemos, sino en ser familia, en ser uno en la sencillez de lo cotidiano. Me llevé muchas lecciones en el corazón, pero hay una frase que aún resuena en mí:

«Podremos no tener dinero, pero la alegría no nos falta.»

Y en cada paso que di, aprendí que en la misión, siempre va Primero Dios.

¿Y si fuera tu turno de partir?

La misión transforma, te abre a lo inesperado y te regala una familia más grande de la que imaginabas. Si alguna vez has sentido el deseo de salir de tu zona de confort, de vivir el Evangelio con los que más lo necesitan, esta es tu oportunidad.

Atrévete a descubrir el mundo con otros ojos. Conoce más sobre el voluntariado internacional y da el primer paso: es.villaregia.org/voluntariado-internacional

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